Por Eduardo Wolovelsky, coordinador de Ciencias de Aula XXI.

Este artículo fue publicado en nuestro newsletter institucional #3

En el pulso del desarrollo científico-tecnológico, intenso y penetrante, late el devenir de los pueblos y las naciones y se define el futuro de la humanidad toda. Ocurre a través de singulares actos técnicos pero también se produce al cuestionar los aspectos simbólicos que sostienen las relaciones intersubjetivas.

Tras esta sentencia se hace inevitable declamar por la preocupante y anacrónica concepción que se pone en juego en la educación formal sobre las cuestiones relacionadas con la ciencia y la tecnología. Hay, en primer término, un enfoque exclusivamente instrumental y descriptivo donde se aprenden una serie de herramientas sin mayor reflexión conceptual. Más compleja aún es la perspectiva religiosa o publicitaria que se ha vuelto relevante en la educación y en la divulgación. Se suele hablar de ciencia y tecnología como actos relacionados con la posibilidad de salvación de la humanidad bajo el riesgo de que se haga la lectura contraria, suponiéndolos como una condena. Estas lecturas se sostienen en una visión anacrónica de la historia que supone al desarrollo tecnocientífico como un hecho regido por una lógica atemporal y asocial.

Nos encontramos, en relación con el desarrollo tecnocientifico, en un complejo estado de ambivalencia y con numerosas preguntas que, sin embargo, aún no sabemos cómo responder. Por lo tanto, y en este campo particular del conocimiento humano, una de las principales funciones de la escuela parece estar vinculada a la posibilidad de sostener esos interrogantes, aunque la respuesta esté ausente. Puede que algunos de ellos se respondan en el futuro, pero hoy debemos aprender a posicionarnos desde la incertidumbre.

En este contexto debemos considerar que la escuela no pertenece al mundo de la academia y por lo tanto tiene un estatus de extranjería respecto de la cosmovisión común a los científicos profesionales de una determinada disciplina. Lejos de ser su debilidad, como se suele suponer, este hecho es su fortaleza ya que permite a sus actores formular interrogantes que la auto-evidencia, dada por la pertenencia a una cierta comunidad, les niega.

En esta clave de lectura debemos entender que los profesores no son reproductores o traductores de un saber experto. En las clases que construyen junto con sus alumnos se abre la posibilidad de perspectivas que se solapan pero que son distintas a las planteadas por las necesidades institucionales del mundo académico-científico.

A modo de conclusión, podemos afirmar que la enseñanza de la ciencia y la tecnología no es la transmisión de un saber desde los expertos a los legos; no es un tipo de espectáculo, no es un entretenimiento ni es un signo de salvación ni condena. Es una forma de acción política, entendido esto como interés por los asuntos de la polis. La ciencia, con su enorme complejidad teórica, instrumental e institucional, no puede ni debe ser entendida como un acto privativo de un particular grupo de ciudadanos altamente cualificados, porque es uno de los más destacados hilos del entretejido de acciones, pensamientos, recuerdos y luchas que forman parte del tiempo y el espacio en el que nos ha tocado vivir, seamos o no científicos profesionales.

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